El apartheid económico y social en Palestina, donde existir es resistir

Leonardo Severo e Luiz Carvalho*

En medio a abusos y violaciones de tratados por Tel-Aviv, ignorados por organismos internacionales, palestinos predican boicot comercial como medio de contener acción expansionista de Israel en su territorio

En una casa en el barrio de Sheikh Jarrah, en Jerusalén, Nabeel al-Kurd, 71 años, vive con la familia de 12 personas. Cuando llegó, hace seis décadas, refugiado de Jordania, no imaginó que sería también un extraño en su propio hogar. El día 2 de agosto de 2009, centenas de soldados y policías israelíes cercaron su residencia desde las primeras horas de la mañana. Con armas, perros y caballos, estaban allí para desalojarlo. A pesar de la solidaridad de los vecinos árabes, que se han movilizado contra la acción, no hubo ni siquiera sombra de negociación. La parte delantera de la casa fue confiscada por el gobierno que, inmediatamente, la cedió a una familia de colonos israelíes.

Las autoridades de Israel justificaron la medida punitiva con el pretexto de que el morador, palestino, no tenía autorización para reformar o construir en su propio terreno. De acuerdo con Nabeel al-Kurd, por la forma como Israel suele postergar indefinidamente tales solicitaciones, bajo las más diversas alegaciones, el pedido a las autoridades nunca sería atendido. Y, caso fuese, no llegaría antes de su muerte. Historias como estas exponen la relación entre Israel y Palestina en un escenario de ocupaciones patrocinadas por el gobierno, restricción al derecho de libre circulación y las más variadas formas de violencia. Para líderes políticos como el ex-presidente de Sudáfrica, Nelson Mandela, muerto en 2013, no hay definición mejor que apartheid, término utilizado para definir la segregación de los negros por los blancos en Sudáfrica.

En el proceso de expansión israelita, la toma de las casas camina junto con la construcción de colonias en territorio palestino y de puntos de verificación, los llamados checkpoints. Son más de 500 fijos e otros tantos en puntos-sorpresa para hacer la vida más difícil y el camino más largo.

La ocupación tiene un punto central: Jerusalén donde solamente el 13% del territorio está con los palestinos. Quién controla la ciudad, también controla la política. Para Palestina, el sueño de que sea la capital del Estado. Para Israel, la capital una, indivisible y judía. Palestinos que viven en la ciudad corren el riesgo constante de revocación del derecho a la residencia. Como no son considerados ciudadanos israelitas, están vulnerables a la acción del Estado y pueden ser impedidos de vivir en la ciudad caso se casen o resuelvan vivir con alguien de afuera. Cualquier documento producido por la Autoridad Palestina precisa ser sometido al sello de de Israel, de documentos de identidad a registros de nacimiento.

En el camino entre Ramallah y el Valle del Jordán es fácil identificar de qué lado de la carretera están las residencias palestinas. Basta procurar por las construcciones rudimentales, especialmente cuando comparadas a la sofisticación de las colonias israelitas. Otro punto de referencia son los reservorios negros sobre edificios y casas para guardar el agua, presente en los caños de los israelís, pero en falta por lo menos dos días a la semana en las viviendas de los palestinos.

Quién tiene vehículo con placa amarilla, la que identifica los autos de Israel, sigue por una red viaria de excelente calidad, construida para servir exclusivamente a los colonos en el interior de la tierra palestina. Quién tiene placa blanca y quiera arriesgarse por el mismo camino puede ser detenido por hasta seis meses. Un tercio de la población masculina palestina, lo equivalente a 800 mil personas, ya pasó por las prisiones donde hay incluso niños.

En Fasayel, una de las villas en el Valle del Jordán, una señal en inglés advierte: “Este camino lleva a una villa palestina. La entrada es peligrosa para ciudadanos israelitas”. Pero en el interior lo que se ve son familias que resisten reconstruyendo las casas destruidas. Más de 1.700 personas viven en el lugar donde los niños aparecen poco a poco. Según la organización humanitaria Solidaridad al Valle del Jordán, por lo menos mil familias palestinas perdieron sus viviendas en la región entre 2011 y 2014.

Daniel Murph es francés y vivía en Nanterre antes cambiarse a Fasayel para implementar un proyecto de fabricación de ladrillos ecológicos. A pesar de prepararse para un escenario difícil, lo que vio, conforme relata, fue asustador. “Hay minas en las montañas, el ejército israelí destruye las villas todo el tiempo y lo más chocante es como el pueblo israelita sufre lavado de cerebro y compra esa idea de apartheid con la disculpa de la seguridad.”

Tratados no respetados

Sin registro ni derechos básicos, jóvenes y mujeres del campo, los segmentos más frágiles de la pirámide en el mercado de trabajo en cualquier lugar del mundo, son sometidos a condiciones degradantes. Caso de Saleh Ali, que a los 23 anos gana 18 shekels (poco más de USD 4) por día para cosechar uvas en una colonia israelí. Cuando no trabaja, no gana. Para cada siete horas de trabajo, media hora de descanso, una rutina que ya dura seis años y que mantendrá hasta que el cuerpo ya no aguante. Será entonces el momento de contar con los hijos que vendrán.

“Un trabajador israelí gana siete veces más para hacer el mismo trabajo”, dice un joven de 15 años, que tuvo que dejar los estudios para trabajar. La activista Niveen Brahme, también vecina de la villa, dice que muchas familias no tienen otra solución sino permitir que el hijo trabaje, porque no hay escuelas ni persona que los cuide. “La relación con Israel el de amo y esclavo. Y los más doloroso es que muchos trabajadores viven eso en la tierra de sus propios antepasados.”

La representante de la Coalición por los Derechos Palestinos en Israel, Ingrid Garadot, recuerda que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) establece normas en caso de ocupación de territorios. Según ella, el país ocupante no puede confiscar tierras, propiedades, bienes, ni traer su propia población para el territorio ocupado. Israel viola todas las normas, asegura.

Libre de sanciones, los israelitas ponen en práctica también la estrategia de recontar la historia a partir de los libros didácticos en las escuelas. “La Autoridad Palestina no tiene autorización para estar en Jerusalén Oriental, pero fue acertada la inclusión de libros y currículos con la historia de Palestina. Sin embargo, desde 2011 Israel intenta cambiar eso también, arrancando páginas y cubriendo partes de los textos que se refieren a la ciudad como capital de los palestinos”, dice Ingrid.

Ella afirma que la falta de informaciones transparentes para la sociedad perjudica medidas importantes para el fin de la ocupación israelita. “Mientras el conflicto entre Israel y Palestina se vea como guerra entre el Hamas y fundamentalistas islámicos, Israel podrá usar mucha fuerza. Por eso es importante hablar de colonialismo y apartheid. Hay opresor y oprimido, y no dos partes en guerra.”

Crímenes de guerra

Los nuevos tiempos no exhiben señal de paz. Durante la campaña electoral de este año, el primer ministro electo en Israel, Benjamin Netanyahu, dijo que no habrá un Estado Palestino bajo su gobierno. Para el asesor del negociador-jefe de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), Javier Abu Solana, más de que tomar partido en ese conflicto, es preciso luchar por la humanidad, por los derechos humanos y en contra de la violación sistemática del Derecho Internacional. Un nuevo respiro en esa lucha viene de la adhesión de Palestina al Tribunal Penal Internacional de la ONU, que podría juzgar Israel por crímenes de guerra. “El gran problema es la cultura de la impunidad, porque Israel viola el Derecho Internacional sistemáticamente, y lo único que vemos son declaraciones a respeto. Pocos países, como Brasil, han hecho acciones de reconocimiento del Estado de Palestina en la frontera de 1967”, dice.

La política de dos pesos y dos medidas encuentra eco en las principales agencias internacionales de noticias y los grandes medios de comunicación. Todos los corresponsales en la región están en Tel Aviv, capital de Israel, y eso se refleja en la circulación de la información. Nadie dijo, por ejemplo, que 125 activistas de movimientos sociales en Gaza han sido impedidos por las autoridades de Israel que controlan las fronteras de embarcar para Tunes, donde participarán del Foro Social Mundial (FSM), en marzo.

El constreñimiento afectó recientemente una delegación brasilera en misión de paz a Palestina, aún en marzo – de la que hicieron parte los autores de este reportaje, a servicio de la Central Única de Trabajadores (CUT) también en el FSM. Dos de los miembros de la delegación, por llevar apellidos árabes, fueron barrados por las autoridades israelís por “razones de seguridad”.

El médico Mustafa Barghouti, diputado palestino y uno de los fundadores del movimiento Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) contra Israel, acredita que es por medio del creciente aislamiento internacional del sionismo, conjugado con la asfixia económica de las empresas israelíes que su país será libre. No faltan motivos y denuncias sobre crímenes. Israel mantiene 120 asentamientos ilegales, bases militares a las que nadie tiene acceso y un muro de segregación con 850 quilómetros de extensión, tres veces más largo y dos veces más alto que el antiguo muro de Berlín.

En 2004, el bombardeo de Israel a la Franja de Gaza, un territorio palestino de 360 quilómetros cuadrados y 1,8 millón de habitantes, área de las más densamente pobladas del mundo, hizo con que 91 familias desapareciesen completamente. “Tenemos claro que Palestina no puede resistir sola y que países como Brasil, Sudáfrica e India son importantes. Aceptar que hagan acuerdos de libre comercio con Israel significa que aceptan financiar la ocupación, concluye Barghouti.

Apartheid económico

Hebrom es una de las ciudades habitadas más antiguas del mundo y desde 1976 tuvo el diseño de las calles tomado por bayonetas y algunos cientos de colonos. Actualmente, alrededor de 170 mil palestinos son obligados a convivir en barrios centrales por detrás de los checkpoints. El periodista e investigador Ahmad Jaradad, del Centro de Información ­Alternativa, sirve como guía y describe cómo la población convive diariamente con la dificultad de circular.

“Aunque sea caso de enfermedad grave, la persona necesita antes informar a la Autoridad Nacional Palestina, que por su vez precisa pedir autorización a Israel para la locomoción. Así, muchas personas terminan por socorrer a los familiares cargándolos en las espaldas, porque es más rápido que aguardar por Israel”, relata.

Diferente de otras ciudades palestinas, en Hebrom los colonos están dentro de la ciudad, especialmente en los pontos más altos. Eso hizo con que comerciantes de una calle con pequeñas tiendas que venden productos locales tuviesen que poner redes cubriendo el local para protegerse contra piedras y basura tiradas por israelíes.

Además de estrangular las fronteras, la ocupación sionista busca también asfixiar la economía: Hebrom produce uvas, ropas y piedras para construcción; Ramalah, oliveras; Jericó, naranjas, limones y batatas; y Gaza, un cesto de vegetales, frutas y peces. Pero cuando Israel impide el flujo de productos, los precios disparan.

*Colaboradores de Diálogos del Sur - Fotos de Leonardo Severo

 

 

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