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Paraguay: Una democracia que necesita dejar de bailar al compás del Partido Colorado

Un paso ineludible para el fortalecimiento democrático en el país es convencer a ciertos sectores de que hay que cambiar el sistema

La democracia en Paraguay no goza de buena salud. Cualquiera de las tantas mediciones sobre calidad de la democracia en la región podría corroborar que la paraguaya no se sitúa en lugares recomendables. Si bien estos índices de medición de democracia son problemáticos desde una óptica teórica y metodológica pueden, sin embargo, servir como llamados de atención de que algo está pasando en Paraguay.

Los datos de Cultura Política tampoco muestran un panorama más positivo. Según el último informe de LAPOP (2018), en Paraguay el apoyo a la democracia cayó de 60,6% en 2008 a 48,6% en 2016/17. A modo de comparación, en el mismo periodo (2016/17) el apoyo a la democracia en Argentina se situó en 77,2%. La confianza en los partidos políticos también decreció a niveles muy bajos.

La satisfacción con la democracia es otro indicador que llama la atención en Paraguay. Los datos muestran muy poca satisfacción con la democracia antes de la llegada de Fernando Lugo y el Partido Liberal al poder (la primera alternancia por vía democrática en casi 200 años de vida independiente). El año 2010, coincidente con la mitad de mandato de Lugo, es el único periodo de tiempo en que la satisfacción es superior a la insatisfacción. Luego decrece nuevamente la satisfacción, llegando a posiciones muy bajas en el último año de mandato de Horacio Cartes.


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La revuelta estudiantil “UNA no te calles”; el freno ciudadano a la enmienda para incorporar la reelección de Cartes

La paradoja del caso es que en las elecciones presidenciales de 2018 volvió a triunfar el Partido Colorado, de la mano de Mario Abdo Benítez, hijo de un alto jerarca de la dictadura del general Alfredo Stroessner (1954-1989). Salvo el interregno del 2008-2013 en que gobernó la oposición, el Partido Colorado gobierna el país desde 1947 (casi 70 años) con niveles muy altos de apoyo electoral. 

Sin perjuicio de los errores que pudo haber cometido la oposición (sobre todo durante el gobierno 2008-2013 que acabó con la destitución de Lugo), pareciera que el electorado paraguayo -si bien no está conforme con la gestión política- no atribuye al partido gobernante desde hace 70 años los males que aquejan a la democracia. Al menos no en exclusividad. Por ello, en seis de las siete elecciones en tiempos democráticos triunfó el Partido Colorado, aunque en las últimas elecciones de 2018 hubo un tufo importante a fraude electoral que la Justicia Electoral no esclareció adecuadamente.

En agosto de 2018 inició su mandato el colorado Mario Abdo Benítez. Su partido fue, como en toda la era democrática, el más votado en Diputados, Senado y parlamentarios del Parlasur; a ello se suma el hecho de que triunfaron en 13 de las 17 gobernaciones del país. Al menos hasta 2023 Paraguay seguirá siendo, como expresó la investigadora argentina Mariana Fassi, “un estado colorado perfecto”.

Pero a diferencia de otros tiempos la ciudadanía parece estar mostrando síntomas de menor tolerancia hacia el statu quo. Es cierto que las últimas elecciones presidenciales de 2018 mostraron más continuidades que cambios. Sin embargo, es incuestionable que, al margen de los canales institucionales de la política, están ocurriendo ciertos fenómenos que hacen pensar que algo podría cambiar en el futuro.

La revuelta estudiantil “UNA no te calles”; el freno ciudadano a la enmienda para incorporar la reelección de Cartes; la inesperada caída de poderosos de la Justicia como Oscar González Daher o Javier Díaz Verón; la renuncia a sus bancas de José María Ibáñez y Jorge Oviedo Matto; o, más recientemente, la pérdida de investidura de los poderosos senadores Víctor Bogado y Dionisio Amarilla son signos de que, al margen de la operacionalización política tradicional, pueden también llevarse a cabo cambios importantes.

En julio de 2019 el propio presidente Abdo Benítez estuvo a horas de ser destituido por juicio político, producto de un acuerdo secreto y dañino para los intereses nacionales suscrito con Brasil en torno a la represa hidroeléctrica de Itaipú. Fue salvado in extremis por la facción de Horacio Cartes, su rival interno colorado, aunque la legitimidad del presidente y la aprobación de la ciudadanía hacia su Gobierno cayeron estrepitosamente.

Ahora bien, las (re)lecturas de los trabajos clásicos de Robert Dahl nos recuerdan que para una buena democracia no sólo es importante el Gobierno sino también la oposición. En las últimas semanas un sector de la izquierda paraguaya proyectó un lamentable episodio que, aunque todavía sorprenda, era un secreto a voces: el Partido Colorado financió campañas de algunos sectores de la oposición para, entre otras cosas, evitar la unidad. Este es sólo un ejemplo de tantos a lo largo de estos treinta años de democracia. También al interior del Partido Liberal el coloradismo tiene aliados importantes.

El Partido Colorado tiene esa “virtud” de ser poder y oposición al mismo tiempo; una fuerza centrípeta que atrae hacia su eje de acción a las demás fuerzas políticas nacionales. Tantas décadas en el poder, con tantos grupos económicos que financian su estructura y permanencia, le convirtieron en el actor central de la política paraguaya. Es, sin dudas, el que mejor sabe jugar las partidas y, sobre todo, el que comprendió –luego de tantas crisis- que el poder debe ser conservado a cualquier precio. Parte de esa estrategia pasa por cooptar a sectores de la oposición.

Durante estos tiempos convulsos del Gobierno de Mario Abdo, dos actores políticos de la oposición intentaron marcar la agenda política, fijando posiciones críticas frente a la débil gestión gubernamental actual y, en general, en contra del mismo “sistema”. Uno de ellos es Paraguayo Cubas, un polémico senador recientemente expulsado de su banca por un supuesto uso indebido de influencias. Payo Cubas, como se le conoce, es un político independiente que con sus declaraciones agresivas y autoritarias se ganó el odio de las clases más acomodadas y la simpatía de los más desfavorecidos.

El otro actor opositor que aún se mantiene vigente es el liberal Efraín Alegre. En 2013 perdió las presidenciales frente al colorado Horacio Cartes, luego de la división de la coalición gobernante (liberales más la izquierda) por motivo del juicio político a Fernando Lugo en 2012. La alianza de partidos que lideró Alegre en 2013 intentó hasta último momento pactar con el sector de Mario Ferreiro (exintendente de Asunción y líder de un sector de la izquierda más urbana) a fin de acortar distancias con Cartes. Pareciera que el escándalo que sacude actualmente al sector político de Mario Ferreiro, producto de la financiación oculta que recibieron de Cartes, explicaría el infructuoso acuerdo opositor, lo cual facilitó en cierta medida el retorno del coloradismo al poder.

En 2018 Efraín Alegre volvió a liderar la fórmula opositora, esta vez con todos los sectores de izquierda, aunque nuevamente no le alcanzó para hacerse con el poder. La unión de las dos facciones del Partido Colorado (lideradas por Cartes y Mario Abdo), la inédita actuación de los medios de comunicación hegemónicos que no pararon de publicar encuestas groseramente equivocadas (que daban como ganador a Mario Abdo por más de 20%), y las bocas de urnas del día de las elecciones que aseguraban el triunfo abrumador del “candidato que siempre estuvo arriba en las encuestas” favorecieron de buena manera un nuevo triunfo del coloradismo. Sin embargo, los sorprendentes 3 puntos de diferencia que arrojó el resultado final lejos estuvieron del escenario “estadísticamente irreversible” y del “triunfo arrollador” que los medios de comunicación montaron en los meses previos. A ello habría que sumar las serias denuncias de fraude con posterioridad a las elecciones, producto de unas filtraciones de audios a un alto funcionario electoral.

A diferencia del 2013, en que Efraín Alegre fue derrotado sin reparos ni dudas, en 2018 un manto de incertidumbre rodeó a las elecciones. De alguna forma, eso le significó un (nuevo) balón de oxígeno político entendiendo que el casi 43% de votos que obtuvo necesitaba cierta conducción y representación mirando hacia adelante; o al menos una parte importante de ese porcentaje, máxime cuando todavía no se vislumbran en la oposición nuevos actores de recambio.

Durante la campaña del 2018 tuvo mucha repercusión la propuesta de Alegre de reducir drásticamente el costo de la luz a partir de una nueva política energética en torno a las hidroeléctricas de Itaipú y Yacyretá. A pesar de su derrota presidencial, siguió insistiendo con dicha propuesta energética, llegando incluso a lanzar un libro colectivo desde el Partido Liberal. La continua presencia de Efraín Alegre en los medios de comunicación producto de “su batalla energética” le valió inmediatamente la apertura de frentes de guerra en la misma oposición. Sin embargo, parece claro que faltando aún más de tres años para las siguientes presidenciales no tiene sentido discutir una eventual (nueva) candidatura de Efraín Alegre ni de ningún otro opositor, tal como sugieren algunos críticos a su gestión. Falta mucho por edificar, mucha tela por cortar y la política paraguaya no deja de dar sorpresas, de tanto en tanto.

El desafío a corto plazo de la oposición (especialmente del Partido Liberal) pasa por las elecciones municipales de noviembre de 2020 que, en cierta medida, sirven de termómetro de la política nacional. Los objetivos no son otros que evitar una aplanadora colorada triunfal, retener la mayor cantidad de municipios que se encuentran en manos de la oposición y, de ser posible, intentar arrebatar al Partido Colorado municipios donde actualmente gobierna. El actual Directorio del Partido Liberal prosigue su campaña en busca de articular consensos en la mayor cantidad de candidaturas municipales, a fin de evitar sus clásicas sangrientas primarias.Protesto contra impeachment de Lugo, em frente ao consulado do Paraguai, em São Paulo /Reprodução: Twitter

El rol inmediato y necesario de Efraín Alegre, de Fernando Lugo, de los partidos opositores, e incluso de Payo Cubas, se circunscribe en la construcción de un espacio opositor estable en donde pueda confluir esa masa heterogénea y -en ciertos casos- poco cohesionada llamada “oposición”. Evitando caer en el error histórico de discutir nombres, es necesario primeramente articular demandas y ampliar interlocutores válidos de la sociedad. Un paso ineludible es convencer a ciertos sectores de que si de verdad se quiere cambiar el sistema, hay que dejar de bailar al compás del Partido Colorado.

El sistema agoniza y la democracia paraguaya necesita nuevos aires. Hay que convencerse de que la lucha merece la pena.


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